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...y lo que El Pibe se Olvidó

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“Manual práctico para gobernar sin dar explicaciones”

Lealtad antes que idoneidad, agresión antes que argumentos y prevención que empieza a parecer fichaje.

por Pipo Fisherman                                                                                                                                                                                                                                        13-02-26

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Capítulo I: Cómo administrar renuncias sin administrar explicaciones

La salida de funcionarios no genera crisis cuando se naturaliza el silencio. No se informa: se comunica lo justo. No se explica: se reemplaza. Y si el reemplazo coincidecon afinidades previas, mejor aún. El mérito puede discutirse; la lealtad, no. La gestión se vuelve un trámite interno y la comunidad apenas espectadora de decisiones que la involucran.


El receso dejó algo más que calles tranquilas y agendas livianas: dejó un gabinete con espacios vacíos difíciles de ignorar. Sobre el cierre del año y el inicio del nuevo, varias piezas comenzaron a moverse con una sincronización curiosa. La renuncia del Director del Hospital Municipal, tras once años en el cargo, no fue precisamente discreta: se fue con carta abierta y una frase incómoda —“politización de la salud”— que cayó como un bisturí en plena sala de guardia. No es habitual que un funcionario de esa trayectoria abandone su puesto señalando el clima interno; menos habitual aún que el tema se disuelva en un silencio administrativo casi instantáneo.

El Jefe de Compras también dejó su lugar de manera intempestiva, aunque la sorpresa duró poco: el casillero fue rápidamente ocupado por una ex abogada y ex concejal, cuya principal virtud pública ha sido, durante años, una obsecuente disciplina legislativa sin fisuras. El Director de Ingresos Públicos, en cambio, eligió la modalidad más moderna: desaparición sin despedida, sin agradecimientos y sin explicación. Transparencia selectiva, podríamos llamarlo.

Y el capítulo deportivo merece mención aparte: el Director de Deportes se fue —según trascendió off the record— denunciando “boicot” interno. El dato pintoresco es que el señalado como obstáculo terminó ascendido de inmediato a la conducción del área. Casualidades administrativas, dirán algunos. Otros podrían sugerir que, en esta gestión, el mérito más sólido no siempre es la experiencia, sino el árbol genealógico correcto.

Si algo dejó el verano, entonces, no fue sólo calor: fue la sensación de que el gabinete no se renueva por planificación estratégica, sino por evaporación selectiva. Y cuando las salidas son más elocuentes que las explicaciones, el silencio empieza a sonar demasiado fuerte.




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Capítulo II: Convertir la agresión en identidad política

En tiempos donde la política debería elevar el debate, algunos eligieron otra vía: la provocación constante como marca personal. El insulto disfrazado de ironía, la descalificación como herramienta de construcción y el desprecio como forma de pertenencia. No es un exabrupto aislado: es coherencia con un estilo nacional que convirtió el grito en estrategia y la humillación en militancia digital.




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Como si el clima político necesitara un condimento más, apareció el aporte local: el concejal libertario Bottini, oculto tras una “renovada” identidad digital que no alcanza a disimular autoría ni estilo, eligió comentar una noticia partidaria con una frase que no resiste eufemismos. Llamar “pobres HDP” a ciudadanos que votaron distinto y burlarse con la imagen de “tortitas de barro con aceite” no es ironía, no es humor ácido y no es provocación inteligente: es desprecio social explícito. Es clasismo. Es intolerancia. Y es, sobre todo, una forma consciente de deshumanización política.

La contradicción es evidente. No estamos hablando de un militante exaltado ni de un usuario anónimo protegido por el algoritmo. Estamos hablando de un concejal en funciones, alguien que ocupa una banca institucional y que, en teoría, representa a la totalidad de los vecinos, incluso —y sobre todo— a aquellos que no lo votaron. La investidura no es decorativa. Implica límites. Implica responsabilidad. Implica comprender que el adversario político no es un enemigo al que se insulta, sino un ciudadano con derechos.

Lo más preocupante, sin embargo, no es el exabrupto en sí, sino su previsibilidad. El tono no nació en Pringles. Es una réplica casi escolar del método que se ha naturalizado desde la cúspide del espacio libertario: el Presidente agravia, funcionarios nacionales provocan, dirigentes replican, y las bases amplifican. La agresión como identidad. La humillación como estrategia. La violencia verbal como forma de marcar territorio. No es un desliz: es un modus operandi. Y cuando ese estilo se institucionaliza en el ámbito local, lo que se pone en juego no es una discusión partidaria, sino la calidad misma del debate democrático.

Porque una cosa es la confrontación política —legítima y necesaria— y otra muy distinta es degradar al otro hasta convertirlo en objeto de burla. Cuando eso ocurre, no se está ganando ninguna batalla cultural: se está perdiendo, silenciosamente, el respeto mínimo que permite convivir en una misma comunidad.



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Capítulo III: Seguridad preventiva o fichaje anticipado


Mientras el debate nacional sobre la baja de la edad de imputabilidad ocupa horas de televisión y kilómetros de tinta, en el ámbito local pareciera que algunos han decidido adelantarse a los acontecimientos. Según relatan madres preocupadas —y no precisamente inclinadas a la exageración— adolescentes, en su mayoría menores de edad, han sido interceptados en la vía pública durante la madrugada, muchas veces regresando de bailar o de reuniones sociales. El procedimiento se repite con inquietante prolijidad: descenso del móvil policial, “invitación” a acercarse al patrullero y, sin explicación formal ni notificación a adultos responsables, fotografía inmediata. Ante la pregunta lógica, la respuesta es tan escueta como alarmante: “seguimos órdenes”. Luego, los jóvenes continúan su camino. Como si nada.

El problema es que no es “nada”. Fotografiar menores en la vía pública sin causa aparente, sin acta, sin intervención judicial conocida y sin consentimiento de sus responsables no es prevención: es, como mínimo, un procedimiento que exige explicaciones urgentes. ¿Cuál es el fundamento legal? ¿Dónde se almacenan esas imágenes? ¿Quién las autoriza? ¿Qué protocolo las regula? El silencio oficial frente a prácticas que evocan métodos que el país juró no repetir resulta, cuanto menos, perturbador.

Si estos hechos son de conocimiento público —y lo son— sorprende que no existan aclaraciones formales, auditorías administrativas ni pronunciamientos políticos. La Secretaría de Seguridad no puede ampararse en la discrecionalidad operativa cuando se trata de derechos de menores. Y la cúpula policial no puede refugiarse en la obediencia debida versión siglo XXI. Porque la seguridad, cuando pierde límites, deja de proteger y empieza a intimidar. Y eso, en cualquier democracia que se precie de tal, debería encender más de una alarma.




Terminó el receso, pero la lógica es la misma: el poder habla poco, explica menos y actúa como si rendir cuentas fuera una gentileza y no una obligación. Funcionarios que se esfuman, reemplazos que huelen más a premio que a mérito, concejales que convierten la agresión en marca registrada y una seguridad local que empieza a ensayar prácticas inquietantes con menores de edad. Todo envuelto en un silencio administrativo que pretende pasar por normalidad.

No es torpeza. No es improvisación. Es un estilo.
Un estilo donde la lealtad vale más que la idoneidad, el insulto suma más que el argumento y la foto preventiva reemplaza a la política pública. Un estilo donde se puede pedir respeto institucional mientras se practica el escarnio digital, donde se habla de orden mientras se naturaliza la arbitrariedad.

Lo verdaderamente preocupante no es el exabrupto aislado ni la renuncia puntual. Es la coherencia del conjunto. El hilo conductor. La sensación de que todo encaja demasiado bien en una misma matriz: menos explicación, más relato; menos debate, más alineamiento; menos garantías, más demostración de fuerza.

Si esa es la nueva normalidad, conviene decirlo sin rodeos.
Porque cuando el poder deja de dar explicaciones y empieza a dar lecciones, la democracia deja de fortalecerse y empieza a acostumbrarse. Y la costumbre, en política, suele ser el primer síntoma del deterioro.

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